Los dos cauces: el martinismo francés y la tradición rusa directa
El árbol martinista moderno crece desde dos troncos principales que, aunque comparten la misma raíz en Saint-Martin, desarrollaron caracteres distintos. Comprender esta dualidad es esencial para reconocer la identidad de la tradición reintegrada.
La vía francesa encuentra su reconstitución formal a finales del siglo XIX con la obra de Gérard Encausse (Papus). Fue un esfuerzo monumental de síntesis y organización, que dio al martinismo una estructura accesible y lo integró en el panorama del ocultismo occidental. Papus creó un sistema de grados reconocible y vinculó la tradición con la cábala, el tarot y otras corrientes. Este linaje, valioso por su labor de preservación, tiende sin embargo hacia un sincretismo intelectual y una estructura a veces más administrativa que experiencial que distrae la esencia original saint-martiniana.
Frente a esto, la tradición rusa directa representa la otra vertiente. Esta línea bebió de la fuente original de Saint-Martin pues el Maestro inició en su línea espiritual a varios diplomáticos y personajes rusos en la Francia del fines de siglo XVIII lo que permitió un desarrolló en esferas de gobierno y de la aristocracia con notable independencia. Conservó un cristocentrismo esotérico más puro y depurado, alejado de adornos cabalísticos, y mantuvo un carácter de comunidad espiritual discreta. Su fuerza radicaba en la práctica interior, la oración y la formación de círculos de estudio íntimos.
La diferencia es de énfasis. Mientras el cauce francés a menudo priorizó la organización visible y la síntesis doctrinaria, el ruso privilegió la calidad de la experiencia interior y la formación del corazón. Uno tendió a expandirse; el otro, a profundizar. Uno construyó estructuras; el otro, caracteres.
Nuestra Orden realiza una elección consciente al reconocerse con mayor fuerza en la corriente rusa. Vemos en ella la preservación de un martinismo más próximo al impulso cardíaco original de Saint-Martin. De la vía francesa tomamos el reconocimiento histórico, pero depuramos su sincretismo excesivo. De la rusa, tomamos el foco crístico, la interioridad como método y la idea de la iglesia invisible.
Esta síntesis no es un eclecticismo, sino un retorno fundamentado al núcleo vibrante y menos adulterado de la tradición: un martinismo que es, ante todo, una escuela de regeneración interior, con un estructura de pensamiento claro y un método directo: la vía seca del corazón.

