A manera de historia de la Orden Martinista: la vida iniciática
La Cadena Áurea: continuidad de una tradición Viva
La historia de la búsqueda espiritual de la Humanidad es un río de conciencia que fluye desde los primeros albores. Su cauce se definió en la civilización faraónica, donde los Misterios de la muerte y el juicio del alma ante Osiris establecieron el arquetipo del viaje iniciático: la confrontación con la propia esencia y la superación de la condición terrenal. Este fundamento egipcio, una ciencia sacra del espíritu, constituye el estrato primordial sobre el que se edificarían las posteriores escuelas de sabiduría.
De este venero bebió directamente el mundo clásico. Entre los siglos VII y III antes de la era común, la filosofía griega, particularmente a través de figuras como Pitágoras y Platón —iniciados en los templos del Nilo—, sistematizó y transmitió estos principios. En la Hélade florecieron los Misterios de Eleusis y las escuelas que hicieron de la purificación y el conocimiento (gnosis) las llaves de la elevación. Posteriormente, el Imperio Romano (siglo I a.C. al IV d.C.) asimiló y difundió estos cultos, mientras en Alejandría surgía con fuerza el pensamiento gnóstico, que profundizó en la visión del hombre como una chispa divina exiliada en la materia.
Con el advenimiento del cristianismo dogmático tras el Concilio de Nicea (325 d.C.), estas corrientes fueron proscritas. La Edad Media (siglos V al XV) vio cómo la sabiduría iniciática se refugió en el lenguaje cifrado de la alquimia y en scriptorios monásticos, preservando bajo velos simbólicos el arte de la transmutación interior. Este período de ocultamiento fue necesario para la custodia del depósito tradicional.
El Renacimiento (siglos XIV al XVI) marcó un resurgimiento. El redescubrimiento de los textos herméticos, del neoplatonismo y de una mística cristiana interior, creó un fértil humus intelectual. En los siglos XVII y XVIII, este sustrato dio origen a movimientos como el Rosacrucismo y a la Masonería especulativa, que reactualizaron las estructuras simbólicas de la antigua sabiduría en un nuevo contexto.
Es en este momento crucial, en la Francia del siglo XVIII, donde se configuran los vectores directos de nuestra herencia. Martínez de Pasqually (c. 1727-1774) funda la Orden de los Caballeros Masones Elegidos Coëns del Universo, estableciendo la doctrina axial de la Reintegración. Su discípulo, Louis-Claude de Saint-Martin (1743-1803), realiza la transposición esencial hacia la "Vía del Corazón", interiorizando la obra. Paralelamente, esta enseñanza llega a Rusia, donde, a finales del mismo siglo XVIII, pensadores como Nikolai Novikov e Ivan Lopukhín la fusionan con la profundidad de la teosofía de Jakob Böhme y el hesicasmo ortodoxo, creando la corriente del Martinismo ruso: una "Iglesia Interior" centrada en la experiencia crística directa y la ascesis silenciosa.
La Orden Martinista y Martinezista Iniciática – OMMI es la emanación contemporánea y consciente de esta cadena áurea. Su existencia no es una reconstrucción, sino la continuidad orgánica de ese linaje que, desde los Misterios egipcios, pasando por la gnosis alejandrina, la alquimia medieval, la síntesis renacentista y la fundación martinista del siglo XVIII, se depuró y fortaleció en el crisol de la tradición rusomartinista. Nosotros somos ese eslabón presente. Nuestra Gran Logia es la instancia que vela por la integridad de esta transmisión y la practica, afirmando su realidad en el mundo como un hecho espiritual autónomo y soberano.

